Reflexiones teológicas y pastorales pasadas por el filtro de la academia.
Contenido profundo para quienes buscan entender la fe en el contexto latinoamericano.
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30Marzo2026
Hay gestos que rompen la lógica de lo útil. En una casa de Betania, un frasco de perfume de nardo puro se quiebra, y su aroma lo invade todo. Para un observador que solo calcula costos, como Judas en el relato bíblico, ese objeto es una pérdida de recursos; para quien está presente desde el afecto, es la evidencia física de una entrega absoluta. Este Lunes Santo nos invita a observar ese frasco roto y preguntarnos cómo decidimos qué es valioso y qué es un desperdicio.
En nuestra búsqueda de certezas, a menudo caemos en la trampa de medirlo todo bajo una sola perspectiva. Sin embargo, el perfume derramado nos enseña que el conocimiento más profundo no siempre es el más eficiente. María no "usa" el perfume, lo entrega. Al hacerlo, transforma un objeto material en un lenguaje que las palabras no alcanzan a expresar, un concepto clave en Las Artes (AdC), donde la expresión estética comunica verdades que la lógica formal no puede. El aroma se convierte en el vehículo de una verdad que no se puede guardar en una caja ni vender en un mercado.
¿Cuántas veces nuestras propias acciones son juzgadas bajo la regla del "para qué sirve"? La reflexión aquí es sobre los criterios que usamos para validar lo que es importante, entrando en el terreno de la Ética (AdC): ¿Por qué le damos tanto valor a algo que cambia con el tiempo y que parece "inútil" ante los ojos del mundo? A veces, el frasco roto es un recordatorio de que algunas verdades solo se liberan cuando dejamos de intentar poseerlas.
Al observar este inicio de semana, se nos pide una pausa frente al cálculo frío. El perfume de nardo nos pregunta si somos capaces de reconocer el valor en lo que no produce ganancias inmediatas. Al final, el frasco quebrado es como nosotros: solo cuando nos permitimos "romper" nuestras corazas de eficiencia, logramos que nuestra esencia llene de sentido el espacio que habitamos.
José Luis Yánez González
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29Marzo2026
A veces, los objetos más sencillos cargan con el peso de los siglos. En la esquina de un marco o sobre una puerta, un ramo de palma seco y trenzado sobrevive al paso del tiempo. Para un observador externo, es solo fibra vegetal deshidratada; sin embargo, para quien habita una comunidad de conocimiento específica, ese objeto es un mapa de significados que inaugura la Semana Santa. Este domingo nos invita a cuestionar cómo interactuamos con nuestros símbolos más antiguos.
En el lenguaje de la Historia (AdC), el conocimiento no flota en el vacío, sino que se ancla en soportes físicos. El ramo no es el evento en sí, sino la evidencia de la memoria. Para mi, el reto no es repetir el ritual por inercia, sino entender la tensión entre la festividad y la realidad que le sucede. El ramo representa una entrada triunfal, pero su naturaleza orgánica —el hecho inevitable de que se secará— nos recuerda la fragilidad de las convicciones humanas cuando el entusiasmo se apaga.
¿Cuántas veces nuestras propias certezas son como esas palmas: vibrantes un domingo, pero quebradizas ante la presión de la vida cotidiana? La reflexión aquí no es solo espiritual, es epistemológica, propia de los Sistemas de Conocimiento Religiosos(AdC): ¿Cómo otorgamos valor a lo que está destinado a transformarse? Valoramos la palma no por su frescura biológica, sino por lo que representa en nuestra estructura de creencias. Al observar este objeto, se nos pide una pausa necesaria. No es un adorno; es un recordatorio de que somos parte de una narrativa mucho más grande que nosotros mismos.
La invitación para este domingo es dejar de ver el ramo como un accesorio estético y empezar a verlo como un interrogante abierto. Nos pregunta sobre nuestra lealtad y nuestra capacidad de sostener el sentido cuando la multitud se dispersa. Al final, el ramo trenzado es como nuestra propia identidad: una mezcla de fragilidad natural y un profundo anhelo de significado eterno.
José Luis Yánez González